Bienvenido

Estás en una página de Mateo Santamarta. Todos los textos y obras que lleven mi firma pueden ser difundidos libremente siempre que no haya ánimo de lucro. Se agradece que se cite su autoría.







Seguidores

domingo, 8 de diciembre de 2013

Ovidio> Metamorfosis> Libro XI> Fábula II. El rey Midas.


Nave de locos.
No satisfecho Baco con esta venganza, abandona la Tracia, teatro funesto de la muerte de Orfeo. Acompañado de mejor coro, se encamina a los viñedos del Tomolo *y a las riberas del Pactolo **aunque en aquel tiempo no tenía las arenas de oro ni era codiciado por los hombres. Los sátiros y bacantes acompañaban a este dios; pero Sileno no pudo seguirle: unos labradores frigios le hallaron vacilante, tanto por la edad como por el vino de que estaba poseído, y después que le ataron con guirnaldas y flores, lo llevaron al rey Midas, a quien  el tracio Orfeo y el ateniense Eumolpo habían enseñado las orgías rituales de Baco. Luego que este príncipe reconoció a Sileno por compañero de aquel dios, y por uno de los que intervenían en sus sacrificios, celebró con una gran fiesta la llegada de tal huésped, la cual duró diez días y diez noches, y al amanecer del undécimo, el mismo rey, placentero, fue a los campos lidios y lo restituyó a Baco, su joven pupilo. Alegre este dios por haber recibido a su ayo , ordenó al rey de Frigia que le solicitase un don. Entonces Midas, que no preveía las futuras consecuencias de su demanda, le pidió la gracia de que se convirtiese en oro todo cuanto tocase su cuerpo. Concedióle Baco al momento lo que deseaba; le dio un don que le perjudicaría, y lamentó que no hubiese elegido otro mejor. El rey se retiró muy contento por la fatal gracia que había obtenido, y aún no creyéndosela plenamente, iba tocando todas las cosas que encontraba para experimentar si era o no verdad: cortó una rama verde de una encina, y al punto fue convertida en una rama de oro. Tomó una piedra del suelo, y también se puso roja como el oro; tocó un terrón, y se convirtió luego en masa de oro fino. Arrancó unas espigas de trigo, y al momento se convirtieron en oro. Tomó una manzana de un árbol, y cualquiera hubiese creído que era del jardín de las Hespérides. Apenas tocó las puertas del palacio, éstas resplandecieron maravillosamente. Si se lavaba las manos, el agua se teñía de un color que hubiese engañado a la misma Dánae. Encantado Midas de un poder tan extraordinario, se entregaba a todos los excesos de la alegría, cuando le avisaron de que la mesa estaba puesta y grandemente surtida de viandas. Luego que se sentó a la mesa y tomó el pan, don  precioso de Ceres, lo halló convertido en oro. Si llevaba a la boca cualquier manjar para satisfacer su apetito, cuando lo iba a comer lo hallaba convertido en oro resplandeciente. Cuando le dieron a beber vino mezclado con agua, no tragó sino oro líquido. Atónito con  el descubrimiento de un mal tan extraordinario, rico y pobre a un mismo tiempo, aborrece una opulencia que tan cara le costaba y se arrepiente de haberla deseado. En medio de la abundancia, no puede satisfacer su hambre ni apagar la sed que le abrasa la garganta y , con justa razón, le atormenta el oro que ya aborrece. Entonces, levantando las manos al cielo, dijo: “Oh padre  Leneo, perdóname; confieso haber delinquido; por vida tuya que tengas misericordia de mí te pido y que me libres de este precioso metal que me aflige.” El piadoso dios Baco, mirando ya con benevolencia al que confesaba su pecado, le  restituyó a su antiguo estado liberándole del don que le había otorgado: “Para que no sigas recubierto del oro que codicioso deseaste, ve al río vecino de la gran Sardes, y caminando agua arriba llega hasta la fuente de su nacimiento y sumergiendo tu cabeza en el espumoso manantial y lava a un tiempo tu cuerpo y tu pecado.” Midas penetró en el agua, obediente a lo ordenado, y transfirió la áurea facultad al río que vio teñidas de oro sus aguas ya que desde entonces sus arenas son  de oro y cuando se desborda tiñe los campos vecinos con destellos dorados.
En cuanto al rey Midas, aborreciendo ya la opulencia, habitó las selvas y campiñas y adoró a Pan, el que frecuenta siempre las cuevas de los montes. Pero no cambió la tosquedad de su alma e ingenio. Quedose con  su insensatez que seguiría causándole aún más daños de los ya experimentados.
*Monte de Lidia.
*Río de Lidia.
Ovidio-Metamorfosis
Fabula II